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miércoles, 25 de mayo de 2011

Historias Mínimas: Queda un mes de primavera


El olor del verano se iba acercando por el aire, y, como siempre, llegaba poco a poco, paulatino, impregnando al principio pequeñas briznas de viento por las noches e inundando la atmósfera a finales de Junio. Pero para eso todavía faltaba tiempo, y las estribaciones de ese olor se alternaban aún con el de la tierra mojada, que cada varios días seguía apareciendo.

Trevor asomaba sus retinas a la luz de la mañana, lentamente, como emergiendo de las aguas, mientras estos pensamientos cruzaban su mente, cortando la cinta inaugural de la porción de conciencia que correspondía a ese nuevo día. Había llegado el día anterior, por lo que sólo pudo dormir debido al gran cansancio del viaje, ya que se sentía como un niño el día de Navidad, con miles de cosas por hacer y contemplar que eran, en sí mismas, como regalos envueltos en papel rojo brillante. Habían transcurrido, cuanto menos, quince años desde la última vez que pisó aquellas tierras, e ignoraba con una inocencia inquietante la idea racional de que nada sería igual (bien porque todo hubiera cambiado o simplemente porque la percepción de un adulto, cincelada por el tiempo, difiere tanto de la del preadolescente que era entonces, que cambia por sí misma los lugares y las personas).

Miró por la ventana y vio el cielo azul, las nubes blancas surcándolo y el brillo del sol, formando un conjunto tan perfecto como una coreografía de ballet; irreal, tan quieto y calmado que parecía extraído de un lienzo. Al Este, a media hora a pie, los campos de trigo. Al Oeste, la arena empezaba a salpicar las baldosas del suelo anunciando la llegada de la playa. Se vistió, desayunó y bajó por la escalera hasta la planta baja. Atravesó el pasillo de la parte trasera y finalmente llegó a la puerta metálica con cristales, pesada como la de un portal, que dejaba entrar el rumor del oleaje cuando se abría. Se quitó las zapatillas antes de cruzarla y se adentró en el mar de arena. El sonido del agua era como un abrazo de una adolescente enamorada, le envolvía por completo, le acariciaba dulce y firmemente y sus dedos alcanzaban su mente a través de sus oídos, haciéndole recordar con tanta intensidad que la película de sus memorias se superponía sobre la realidad como un velo.

Trevor había pasado los últimos 15 años pensando a ratos en aquel lugar, permitiendo que su recuerdo infiltrara y a veces empapara sus preocupaciones cotidianas. Nunca lo admitió, pero, como un delfín en las rocas, quedó varado en aquel tiempo y en aquellos campos de trigo delimitados por un verano. La felicidad habitaba en aquel trigo, contenida dentro de cada grano en pequeños paquetitos. Y los hubiera abierto todos, uno por uno, con sus manos, para quedárselos él o para regalárselos a ella, que al final, era lo mismo.
Sabía que, tanto tiempo después, ella ya no aceptaría esos obsequios, pero al menos esperaba que los granos de trigo no hubieran madurado tanto como para que los paquetitos cayeran al suelo y se rompieran.

Sarah ya estaba sentada en la orilla. Su largo pelo negro caía por su espalda y así, quieta y en silencio, parecía que hubiera estado desde entonces sujetando el tiempo con las manos y no dejándolo avanzar. Trevor se sentó a su lado.

- ¡El chico viajero ha vuelto!. ¡Cuánto tiempo! - le dijo ella, esbozando una sonrisa.

- Aquí estoy. Otra vez - replicó él, con una sonrisa visiblemente más amplia.

- Bueno...¡cuéntame!. ¿Cómo te ha ido?. ¿Qué has estado haciendo todos estos años?. Viéndote no parece que la vida te haya tratado mal.

- Bueno, no me puedo quejar mucho - dijo él con un cierto tono de autoconvencimiento. Al principio fue duro, muy duro. Pero luego me fui habituando y al final acabé viviendo allí, cosa que nunca pensé que podría hacer. Nunca me acabó de gustar aquel sitio, pero supongo que te acostumbras a cualquier cosa. Y al final, en todas partes hay una posible versión de tu vida que siempre tiene algo que merece la pena vivir.

- Qué bien te veo - la mirada de ella tenía alegría en la superficie y trataba de hacer ver que intentaba ocultar nostalgia en el fondo, pero realmente no pretendía ocultarla.

- Y tú, ¿qué tal todos estos años?.

- Bien. Yo sigo aquí. Siempre he estado aquí. Terminé de estudiar, trabajo, vivo con mi novio. Tengo una vida normal, supongo. Es lo que quería, supongo.

- No se te ve muy convencida.

- Da igual, Trevor. Hablemos de tí...sé que no estás aquí por mucho tiempo. Sé que este regreso no es realmente un regreso, sino una visita. ¿Qué viene a continuación?. ¿Dónde vas a buscar otra versión de tu vida esta vez?.

Trevor bajó la cabeza. Algo cayó sobre él, quizá el peso del cielo, de un cielo plúmbeo y lluvioso de una tarde de Febrero, aunque en aquel momento fuese Mayo y estuviese soleado. Porque el cielo pesa, pesa mucho, y cayó sobre la cabeza de Trevor en aquel momento, que, no obstante, él sabía que llegaría. Sentía empatía con ese gris oscuro de los pensamientos de ella, pero no era eso lo que motivaba su súbita tristeza. Era la idea de lo inevitable del momento de su segunda marcha; efectivamente, se trataba de una visita y él había tratado de esconder ese hecho en lo más profundo de su ser, de cortar el tiempo en trocitos y separar su estancia allí del resto, como si fuese otra vida, como un fragmento aislado de su personal recorrido por las lágrimas, las risas y los días. Un fragmento que, por supuesto, tenía un principio y un fin, pero si estaba separado del resto de su vida, ¿qué importaba lo demás mientras lo estuviese viviendo?.

- Pues...me trasladan cerca de Nueva Zelanda. A una isla que hay al Sur de la principal. Al parecer es el mejor lugar para continuar con la investigación. Dicen que los parajes naturales son preciosos - Trevor volvió a mostrar autoconvencimiento, esta vez mayor.

- Al Sur de Nueva Zelanda...Trevor, eso está tan lejos que hasta me da vértigo imaginarlo. ¿Y será mucho tiempo?.

- Sí. Ya sabes que sí. Sabes cómo es mi trabajo, cuánto duran los experimentos. Es mucho tiempo. No es una estancia en el extranjero por trabajo. Es empezar otra vida, o mejor dicho, otra versión de mi vida.

- Y cuando termines, quizá ya no quieras volver. Ya tendrás allí todo, llevarás mucho tiempo en esa versión. No querrás cambiarla. Has querido volver aquí antes de irte y has estado pensando en este lugar porque sientes que aún eres joven. Somos jóvenes. Te queda mucho tiempo para probar y cambiar las versiones, y sobre todo, para echar de menos posibles versiones que no has vivido, que es la peor forma de extrañar algo. Pero cuando termines tu trabajo allí...todo eso habrá quedado en el olvido, elegirás la comodidad de tu versión, pensarás que ya no tienes tanto tiempo para perderlo en absurdos cambios. Que la vida, al fin y al cabo, se da en todas partes y que la idea de que seríamos más felices en otro lugar no es sino una mera ilusión. En otro lugar, o con otras personas. Y te conformarás, o serás realmente feliz, o ambas cosas. ¿Y sabes qué es lo que más miedo me da?. Que sea verdad. Que no importe que no hayas vivido la versión en la que yo estaba, porque la que encuentres a cambio en las aguas del Pacífico Sur sea igual de brillante y colorida que la que tú imaginas que hubieras podido tener aquí.

Trevor vislumbró en sus palabras mucha tristeza, pero eso no era lo que realmente le inquietaba. Eso ya se lo esperaba. Lo que le inquietaba hasta el paroxismo, la idea que le producía pánico desde el fondo de su mente era que ella le hubiera estado esperando. Pánico por imaginar lo largos que se le habrían hecho los días hasta encontrar la resignación y abrazarla como una tabla de madera en el océano. Pánico por imaginar las horas de sonrisas, de besos, de caricias, de placer, de sol y también de luna, de mar y de granos de trigo en verano que hubiera podido vivir de no haberse subido al autobús con la maleta hacía 15 años.

Ambos hacían surcos en la arena con la punta de los dedos.

Trevor vio en sus viejas tijeras, esas que le permiten cortar el tiempo y aislarlo, la salvación. No la mejor, la única posible.

- Bueno Sarah, eso será en Junio. Estamos en Mayo, quedan muchos días, mucho sol, arena, mar, trigo, quizá lluvia. Queda mucho por hacer.

- Sí, Trevor. Queda un mes de primavera.

El único sonido que se oía era el oleaje terminando su camino en la orilla. Quizá también dos gaviotas a lo lejos, compartiendo un vuelo.

FIN

lunes, 10 de mayo de 2010

Das internationale Verbindungs Programm (I)


I - Der Himmel über die Herzen



Berlín, 8 de Octubre de 2125

Nunca me han gustado las colas para el control de entrada en los aeropuertos. Siempre me he sentido inferior, quizá humillado, servil, como obligado a aguantar las esperas de pie, el tedio y las malas caras de los policías por cometer el inmenso delito de querer entrar en su país. Es como si me estuvieran diciendo "Oh, extranjero, si quieres que te dejemos pasar a nuestra tierra te tienes que joder y pasar por todo este proceso". Entretenido en estos pensamientos, observando las caras de sueño de los otros viajeros y yo mismo bostezando a causa de la hora a la que me había despertado para coger el vuelo y el nulo descanso que había tenido a bordo del avión - los veinte minutos de Madrid a Berlín la verdad es que tampoco daban para mucho - llegó finalmente mi turno para pasar por el escáner ocular y suspiré como diciendo "por fin" cuando vi abrirse la barrera mientras oía el clásico mensaje de bienvenida, esta vez en alemán. "La próxima vez cojo el tren de presión cero", siempre pienso lo mismo y al final acabo volando. El tren de vacío es muy rápido y cómodo, y con menos molestias, pero volar tiene algo inigualable.

No es que dudara de la eficacia de los alemanes en todo lo que hacen, pero sí que es cierto que no esperaba esa sensación de ver que todo estaba perfectamente preparado y previsto cuando salí por la puerta de Llegadas del aeropuerto Schönefeld de Berlín. Ahí estaba una representante de la compañía esperándome, con su pantalla plegable con mi nombre y foto. Era una mujer joven, de unos 27 años, rubia y de fenotipo claramente alemán, pero hablando un muy correcto español. Su educación y profesionalidad iban acordes con el entorno, y además rezumaba una cierta simpatía, mayor de lo que esperaba. Tuve la percepción de que se esforzaban al máximo por hacer mi llegada agradable, por hacerme sentir cómodo y de algún modo especial.

- Buenos días, ¿Ricardo Martín?.
- Sí, ese soy yo. Buenos días.
- Bienvenido a Berlín. Soy Nina Timmer, encantada de conocerle.

A partir de ahí, todo fue rodado: del vestíbulo del aeropuerto al coche, que ya estaba esperando fuera, y de ahí al hotel, donde tuve una hora y media para acomodarme, dejar mi equipaje y darme una ducha. Después, ya de camino a la central, experimenté a bordo del Mercedes Benz de la empresa una sensación de solemnidad, de gravedad por momentos, que me hacía sentir en unas ocasiones como un influyente político siendo trasladado a la sede de su partido y en otras como un mando militar siendo evacuado a un cuartel secreto en una situación de emergencia. Doblamos por Unter den Linden hacia el Stadtmitte, encaminándonos después hacia Nollendorfplatz y por último Oranienburger Tor, donde estaba situada la sede central. Era un edificio exactamente como esperaba: de acero y vidrio orgánico, unos 35 pisos de altura y elevadores magnéticos exteriores por todas partes. Su forma era cilíndrica, de color azul oscuro, y se erigía imponente en una esquina de la plaza. El vehículo se detuvo justo delante de la entrada, y Nina bajó primero para abrirme la puerta.

La recepción era un espacio amplio, agradable pero aséptico, con las paredes de cristal líquido en las que se mostraban todo tipo de imágenes, textos y animaciones a los que no presté atención alguna. A pesar de que las circunstancias hacían esperable por mi parte una actitud de intentar absorber toda la información que estuviera al alcance de mi mano sobre la tarea que iba a desarrollar allí, de algún modo me sentía tranquilo porque imaginaba que llegado el momento me explicarían personalmente todo cuanto necesitase saber. De repente, la voz de Nina llamándome interrumpió mis pensamientos. Volví la cabeza y tanto ella como la recepcionista, una chica con rasgos asiáticos, quizá japonesa, de unos 19 años, me estaban mirando. La recepcionista sujetaba una tarjeta de identidad holográfica en la mano, por lo que asumí que había llegado el momento de pasar a la acción.

Nina me condujo por un pasillo elegantemente iluminado, con focos de colores azulados en los laterales, y se percató de que yo aún seguía mirando el enorme letrero plateado que se encontraba en el vestíbulo, y que rezaba "Liebe ist für alle da".

- Significa "el amor es para todos". Es un antiguo dicho alemán de primeros del siglo XXI - Nina aclaró mis dudas en un instante con una sonrisa, y añadió:

- No se preocupe, aprenderá el idioma antes de lo que piensa. De todas formas como ya sabe la lengua oficial en nuestro trabajo es el inglés, por lo que no tendrá problema alguno ni en el proceso de formación inicial ni para desarrollar su tarea.

Llegamos, tras subir varios pisos y andar por una serie de corredores, a una pequeña salita de espera con sillones de polímero adaptable, un dispensador de agua mineral y una pantalla.

- Le dejaré esperando aquí mientras voy a avisar a mi compañera de Introducción y Preparación para que venga a buscarle. La pantalla que tiene a su derecha tiene acceso a la televisión y a Internet, puede usarla libremente. Pulse el botón azul del videoteléfono que hay en la mesita si necesita cualquier cosa, y le atenderán enseguida.

- Muchas gracias.

Nina desapareció y la puerta se cerró tras ella. Aún estaba preguntándome qué hacer mientras esperaba (tenía esa sensación irracional de "mejor no toco nada", como si se esperase de mí que me estuviera quieto, a pesar de haberme dicho clara y amablemente que todas las comodidades que pudiera ver estaban a mi disposición), cuando otra mujer, un poco más mayor, de unos 35 años, tez morena y pelo negro, apareció por la entrada.

- Hola, señor Martín. Soy Kiruba Lindemann, pertenezco al departamento de Introducción y Preparación. Permítame darle la bienvenida a Das Internationale Verbindungs Programm. Yo seré su agente de inserción en el programa. Puede interrumpirme en cualquier momento para hacer cualquier pregunta que tenga, y si tiene alguna queja por favor hágamela llegar también a mí. Ah, y llámeme simplemente Kiruba.

Yo respondí mientras pensaba "¿Kiruba Lindemann?. ¿Qué clase de nombre es ese?", cosa que ella debió notar puesto que cuando terminé de hablar me aclaró que sus padres eran un hombre indio y una mujer alemana, que en su caso le había dado el apellido. Kiruba tenía un aspecto alegre, aunque sin perder ese destello de gravedad que poseían también Nina e incluso la recepcionista asiática, y que en general flotaba en el aire como una densa neblina que me impedía relajarme del todo.

- Acompáñame, por favor - dijo, haciendo caso a mi comentario acerca de dirigirse a mí de modo informal.

Seguí a Kiruba por varios pasillos hasta una salita insonorizada, con una pantalla de proyección holográfica, una mesa y varios sillones alrededor. Tenía, salvo por el pequeño tamaño, el aspecto de un salón de videoconferencias. Kiruba pulsó unos botones en la pared, la sala se oscureció ligeramente, y se sentó a la mesa, invitándome a hacer lo mismo. A continuación, empezó a hablar:

- Como ya sabes, Ricardo, te hemos seleccionado para ser Asignador en el Programa. Como también sabrás, Das Internationale Verbindungs Programm significa "El Programa Internacional de Conexiones". Es probable que sepas ya muchas cosas de nosotros, ya que se habla del Programa en televisión a todas horas, pero también es probable que una gran parte de todo lo que hayas oído no sea cierto, por lo que te explicaré en qué consiste desde el principio.

Asentí con la cabeza, totalmente inmerso en la conversación y expectante ante la información que estaba a punto de recibir. El desinterés que había estado mostrando hasta ahora se había esfumado por completo tan pronto ella había empezado a hablar. Kiruba prosiguió:

- A finales del siglo XXI la natalidad en todo el mundo comenzó a disminuir de forma lenta pero constante. Las causas son algo acerca de lo cual nadie se pone de acuerdo, pero está claro que muy probablemente fue una combinación de desconfianza generada por las enfermedades de transmisión sexual, por el aumento de la criminalidad en todo el mundo y por lo que llamamos Deriva Social. La Deriva Social, que desde aquel momento ha ido aumentando hasta convertirse en el problema que es en nuestros días, es un síndrome de aislamiento y apatía socioafectiva y sexual que afecta por igual a hombres y mujeres de todas las edades. El uso excesivo de la tecnología para la comunicación, la aceleración del ritmo de vida, especialmente en las sociedades occidentales, y los problemas que ello acarreó (estrés, exceso de trabajo, falta de tiempo para otras actividades) terminaron causando el aislamiento de los individuos y la extinción progresiva de las relaciones interpersonales cercanas, que hoy en día es casi total.

Yo continuaba asintiendo periódicamente, como haciéndole ver que ya conocía todo aquello, que aparece en todos los libros de Historia. Sabía que era su obligación contármelo, pero me irritaba en algunos momentos la idea de que pudiera pensar que no lo sabía. Mi irritación, sin embargo, no fue a ninguna parte puesto que ella continuó hablando:

- Esta Deriva Social empezó causando una reducción en la formación de parejas jóvenes potencialmente reproductoras, pero al principio no parecía un efecto muy importante. Después vinieron los divorcios, la reducción de las adopciones, y el efecto continuó incrementándose en cascada hasta que a principios de este siglo ocurrieron cosas impensables como el hundimiento de la industria del sexo. Ha sido en los últimos veinte años cuando la situación se ha convertido en crítica, la natalidad es mínima en Europa, ligeramente mayor en Asia y Oceanía pero en cualquier caso insuficiente, y próxima a cero en América del Norte y central. La población ha envejecido tanto que nos enfrentamos a la extinción en menos de 100 años, y ese es un dato optimista. Hasta aquí, el problema. Pero hablemos de la solución, ya que ahí es donde entramos nosotros.

Kiruba continuó, sin duda animada por mi expresión de interés al ver que empezábamos a hablar de lo que realmente me interesaba.

- En el 2094, una Comisión de Emergencia formada por los líderes de los países de la Unión Europea se reunió para tratar de encontrar una solución tan desesperada y radical como hiciera falta para este problema, ya que la reducción de las jornadas laborales, la mejora de la seguridad en las calles y las campañas promoviendo las relaciones sociales que se habían llevado a cabo durante años no tuvieron apenas efecto sobre la población. La Comisión tuvo una idea que posteriormente fue votada en el Parlamento Europeo y aprobada por unanimidad, y su puesta en marcha asignada a un consorcio de empresas de biotecnología que trabajan con fondos públicos y bajo supervisión de las autoridades. Y esos somos nosotros. Por orden de la Comisión de Emergencia sobre la Natalidad y en virtud de las leyes que se desarrollaron al respecto, desarrollamos el implante cerebral que hoy conocemos como Linker One.
Usando nanotecnología, construimos un dispositivo de menos de un milímetro de tamaño que se aloja en la región temporal del cráneo y se conecta por medio de materiales biocompatibles y una interfaz neuroeléctrica a la corteza cerebral y, sobre todo, al sistema límbico, responsable del control de las emociones.
El Linker One se ha estado insertando a todos los bebés recién nacidos en Europa desde la aprobación de las leyes que lo impulsaron, y se coloca mediante una simple inyección en el brazo. El implante se deposita así en el torrente sanguíneo y por sí solo se abre camino hasta el cerebro, donde establece sus conexiones cuando el Sistema Nervioso del individuo aún no está totalmente desarrollado, lo que le permite integrarse en él sin problemas ni rechazos. El Linker One incorpora una microantena, lo que posibilita la comunicación bidireccional con él vía satélite. La Ley establece que sólo puede activarse cuando el individuo cumple la mayoría de edad, por lo que, si haces cálculos, verás que sólo llevamos unos años usándolos de forma activa. Los resultados están siendo muy prometedores.

Kiruba hizo una pausa, que yo aproveché para interrogarla:

- Esto ya lo conocía a través de los medios, todo el mundo sabe lo de los implantes y para qué sirven. Pero la pregunta que tengo ahora mismo en la mente es ¿cómo funcionan realmente?.

- Exactamente, eso es lo siguiente que tienes que saber. El Linker One recaba información sobre la persona: sus gustos, costumbres, pensamientos, todo hasta un cierto límite establecido por las leyes de privacidad. Toda esa información pasa a la base de datos del Sistema, de modo que cuando vamos a activar un implante ya tenemos 18 años de información sobre el individuo grabada. En ese momento, empieza la tarea del Cuerpo de Asignadores. Su cometido es buscar, cruzando las bases de datos, un candidato del sexo opuesto conocido por el individuo y con las circunstancias y compatibilidad suficientes como para que una relación sentimental sea factible, y una vez encontrado, asignarles. Esto provoca la activación simultánea de ambos implantes, que modificarán el funcionamiento de sus vías de control emocional causando, finalmente, una atracción entre ambos. Es decir, restablecemos a través del Linker One el mecanismo natural que el ser humano ha perdido casi completamente en el último siglo.

- Tengo varias preguntas que hacer. Comprendo como funciona el sistema, pero ¿por qué simplemente no se aumenta la natalidad a base de fecundaciones in vitro y gestación artificial?. Se sabe que una parte de los pocos nacimientos que tenemos ahora es a través de ese método.

- Por varias razones. Lo primero, los Estados no pueden costear el procedimiento de gestación artificial de forma masiva, y no digamos ya la educación y manutención de todos esos niños hasta su mayoría de edad. Segundo, eso sólo solucionaría una parte del problema, pero después seguiríamos igual porque ¿cómo crees que se comportarían con las demás personas unos niños que han crecido sin progenitores ni ningún otro tipo de lazos afectivos?. Los niños hacen lo que ven. No estaríamos resolviendo nada.

La verdad es que era completamente lógico, todo encajaba en mi mente como piezas en un puzzle, salvo un pequeño detalle que me hacía cuestionarme la labor que había ido a desempeñar allí:

- Perdona que te pregunte esto, pero...¿por qué existe un Cuerpo de Asignadores?. Esa tarea parece algo bastante sencillo para una máquina con un software y unos algoritmos de cruzamiento adecuados.

Kiruba asintió antes de que me diera tiempo a terminar la pregunta, como si esperara que la hiciese, quizá porque no era la primera vez que la oía.

- Inicialmente se pensó en hacerlo de ese modo, ya sabes, para reducir costes. Pero lo que hacen los Asignadores es básicamente emparejar. Y creemos que no sirve con aplicar unos algoritmos de compatibilidad que se basen en cálculos estadísticos. Pensamos que para hacer esa tarea con las máximas garantías de éxito es necesaria inteligencia emocional. Y eso es algo que solamente puede aportar un operador humano. El sistema puede sugerir candidatos o candidatas, pero la última palabra siempre la tendrá el Asignador. Eso, por supuesto, también conlleva una responsabilidad, ya que los implantes no son perfectos ni anulan la voluntad del individuo, y en ocasiones hay rechazos o simplemente las cosas no funcionan. Son relativamente poco frecuentes, pero cuando ocurren requieren también la intervención de un ser humano. Y bien, ¿cómo lo ves?. ¿Te sientes preparado para pasar a la siguiente fase?.

Yo me encontraba entre emocionado y asustado. Aunque ya sabía a qué venía, hasta ese momento no había comprendido la magnitud de lo que iba a tener entre manos en su totalidad, y la idea me producía un cierto vértigo.

- Claro, sin duda. Estoy deseando empezar. Aunque puede que me surjan más dudas.

- No te preocupes, en ese caso consúltame a mí. Si quieres más detalles sobre el Linker One podrás hablar con los técnicos durante el proceso de formación o después una vez que estés en tu puesto. Ahora, como ya te comentamos antes de venir, tendrás que pasar unos tests psicotécnicos, además de un procedimiento de seguridad que incluye entre otras pruebas un neuropolígrafo. Después deberás firmar tu contrato y la Declaración de Ética Profesional, Secreto y Respeto a la Privacidad. Te explicaremos todos los detalles en su momento. Y terminado eso, podrás empezar la formación, donde aprenderás a usar el Sistema durante dos semanas, antes de comenzar a hacer asignaciones reales.

- Muy bien. Conforme con todo.

- En ese caso, sígueme, por favor.

Kiruba se levantó de la mesa y me hizo un gesto con la mano.

CONTINUARÁ

jueves, 3 de abril de 2008

El Borde Sur


La noche todavía era fresca. Aunque Abril estaba a la vuelta de la esquina, y los días eran cada vez más cálidos, por la noche corría una leve brisa que obligaba a ponerse alguna prenda de abrigo. A la hora a la que Trevor solía volver los fines de semana, la temperatura estaba en su mínimo.
Trevor se sorprendió bastante cuando se encontró a su compañera de piso levantada.

- ¡Ah!. ¡Aún estás aquí!. Son casi las 4 de la madrugada, qué raro verte aún despierta.

-Hola, Trevor. Hoy no tenía sueño, no me apetecía meterme en la cama. ¿Qué tal te lo has pasado?.

-Bien, sólo hemos estado cenando algo y dando una vuelta.

Había una ventana abierta por la que entraba aire fresco. A lo lejos sólo se veía la oscuridad y alguna luz de la entrada de las casas que estaban aisladas en medio del campo, como pequeñas salpicaduras de tinta en un folio en blanco. Trevor volvió a mirar a su compañera después de dejar las llaves y el reloj sobre la mesa. Percibió algo extraño, algo más allá del ya inusual hecho de que ella estuviese despierta sin hacer nada a esa hora. Tenía la sensación de que ella no quería acostarse esa noche, como si estuviera esperando a terminar alguna actividad pendiente del día, y esa sensación se extendía llenando la habitación hasta hacerle sentir que él era el responsable de que su actividad pendiente, fuese cual fuese, se llevase a cabo.
Tras volver de la cocina, que también se hallaba invadida por la misma sensación, flotando en cada centímetro cúbico de aire, se acercó a la ventana y preguntó sin girar la cabeza:

-¿No te vas a acostar?. Me sigue extrañando verte aquí aún.

Sus últimas dos palabras casi fueron interrumpidas por la voz de ella, que pronunció la frase rápidamente, como quien ha estado preparándose un discurso que le genera ansiedad:

-Si no tienes mucho sueño podríamos ir a dar un paseo. Me gusta andar de noche por zonas donde no hay nadie. O conducir, es igual.

Trevor sólo se extrañó de la propuesta a un nivel muy superficial. En las capas más profundas de su consciencia era como si hubiera estado esperando esa frase. Sin embargo, habló con indecisión, su voz irregular denotó su titubeo, quizá porque en aquel momento, como tantas otras veces, quien ponía las palabras era la capa más superficial de su ser.

-Emm...bueno...está bien, lo cierto es que yo tampoco tengo sueño.

Ella se levantó del sofá, donde había estado todo ese tiempo sentada, con las piernas flexionadas y abrazando sus rodillas. Se fue a vestirse a la habitación y volvió en apenas 5 minutos. Ambos salieron por la puerta.

-¿Quieres andar por alguna zona en concreto?.

-Pues...ahora que lo dices...creo que prefiero que nos alejemos un poco del poblado. Podríamos coger el coche e ir hasta donde no hay más casas.

A Trevor todo aquello le seguía extrañando, pero por primera vez en mucho tiempo, una parte de sus capas más profundas invadía y se entremezclaba con las superficiales, haciéndose visible a su propia consciencia de sí mismo. Notaba cómo aquella situación pasaba de extraña a cómoda y de cómoda a agradable por momentos, sin entender muy bien por qué. Una vez entraron en el vehículo, Trevor se quedó pensativo durante un instante y al fin dijo:

-¿Sabes?. Por la carretera que va hasta Aaland hay un lugar que me gusta mucho. Hay una zona que está en alto, una pequeña colina. No está lejos de aquí. Cuando es de noche y pasas por ahí, si te fijas bien en el horizonte, se ve el parpadeo de las luces del Borde. Un destello único, 2 segundos de oscuridad, 5 destellos conjuntos. Si te fijas y la noche está despejada se ve. ¿Te gustaría ir a verlo?.

-Sí, me encantaría.

Llegaron hasta la colina y dejaron el coche a un lado de la carretera. Sentados en un pequeño risco, con la brisa acariciando sus caras, miraban a lo lejos.

-Tenías razón...aquellas lucecitas que parpadean en el horizonte son las luces del Borde. Estamos muy cerca del Borde Sur, pero nunca hasta ahora las había visto.

-Pues ya las ves. Algo bueno tenía que tener vivir aquí, tan lejos de todo, al lado del Borde. - Trevor respondió con una sonrisa.

-¿Nunca te has preguntado cómo debe ser estar al otro lado?.

-Alguna vez lo he pensado, pero...no creo que sea muy agradable. No hay atmósfera más allá de los Bordes. Nadie puede sobrevivir allí.

-Lo sé, lo sé, pero...lo que quiero decir es...imagina que pudieras...que pudieras vivir ahí, que hubiera atmósfera o que no necesitases respirar. Imagina que pudieses simplemente ir, ir a ver qué hay más allá de esto, de todo, de todos. Quizá no hubiese más que lo que se supone que hay, un desierto enorme sin vida alguna...pero piensa que quizá encontraras algún lugar hermoso, más de lo que nunca habías imaginado. Entonces quizá podrías vivir allí, quizá podrías quedarte y no volver a entrar. Quizá haya otro mundo nuevo más allá del Borde. No te estoy diciendo que te lo creas, todos sabemos que no hay nada. Sólo te pido que lo imagines.

Trevor estaba sobrecogido, al mismo tiempo fascinado y aterrado, como un adolescente que está a punto de hacer el amor por vez primera. Es como si hiciera tanto tiempo que no imaginaba nada más allá de lo cotidiano que hubiera olvidado qué se sentía al permitir que la fantasía anegara su conciencia. Tras un largo silencio, dijo:

-Creo...creo que quizá tengas razón. A lo mejor esto no es todo cuanto hay. A lo mejor existen otros mundos. Quizá estén más allá del Borde, o quizá estén aquí, entre nosotros, en cada centímetro cúbico de este aire que respiramos. En el agua, en la luz, en las cosas que no se olvidan. En todo cuanto hacemos. Quizá esos mundos estén dentro de nosotros mismos.

-Trevor...

-¿Sí?.

-Creo que estás luces...son lo más hermoso que he visto nunca. Las Luces del Borde Sur.

FIN

miércoles, 12 de diciembre de 2007

El adaptador universal de viaje (II)


Ciudad del Cabo, República de Sudáfrica
9:09 AM


Lorenzo despertó con la leve sacudida provocada por las ruedas del tren de aterrizaje al contactar con la pista. Entreabrió los ojos, miró por la ventanilla y volvió a cerrarlos por efecto de la intensa luz solar que se colaba por el pequeño cristal. Según iba tomando consciencia de sí mismo, se sorprendió de no recordar apenas el viaje. La última imagen que se encontraba en su memoria era el momento de subir al avión en el aeropuerto de origen. Ni se había enterado del trayecto, a pesar de ser considerablemente largo. Giró la cabeza y en su mirada se cruzó el rostro de una azafata sonriente que lo miraba como si fuese a decirle algo.

Minutos más tarde, se encontraba en el aeropuerto, recogiendo su equipaje, que constaba de una única maleta pequeña, con ruedas, de color azul claro y asa telescópica de aluminio con una empuñadura de plástico gris y un botoncito para bajarla. Todo cuanto necesitaba para el viaje se encontraba ahí, incluyendo, por supuesto, su adaptador.

La antigua estación de abastecimiento holandesa de Ciudad del Cabo se abría ante sus ojos como una ciudad vibrante, bulliciosa, tumultuosa. El tráfico era considerablemente más denso que en Madrid, y personas de todas las razas caminaban por sus calles, conformando una metrópoli cosmpolita y moderna. Lorenzo no se sentía con muchas ganas de caminar, de modo que tomó un taxi hasta su hotel. La distancia al aeropuerto no era muy grande, pues éste se encontraba cerca de la ciudad, pero aun así a la llegada al hotel la oscuridad empezaba a caer sobre el lugar y las estrellas comenzaban a refulgir como cabezas metálicas de alfileres clavados en el acerico del firmamento. Bajó del taxi, recogió la maleta y se apresuró a la entrada del hotel. Sintió que se encontraba más cerca de su objetivo al sentir el tacto cálido y flexible de la puerta metálica con enormes vidrieras de colores.

El recepcionista le indicó amablemente dónde se encontraba su habitación, y Lorenzo, impaciente, subió por las escaleras. Una vez en la habitación, colocó la maleta sobre la cama y la abrió. Tras las capas de ropa y otros objetos, se encontraba el pentágono de plástico y metal. Lo extrajo cuidadosamente y giró la rueda central hasta seleccionar la clavija de dos patillas cilíndricas gruesas. Sus ojos buscaron rápidamente un enchufe en la pared, y, al encontrarlo, se dirigió hacia él y colocó cuidadosamente el adaptador. A continuación, dibujó una X en el plástico blanco del adaptador con el rotulador que llevaba en la maleta. Y sonrió satisfecho y aliviado.

(Continuará)

domingo, 18 de noviembre de 2007

El adaptador universal de viaje (I)


15 de Noviembre
3:47 AM

-Hola.

-Hola. Dime, ¿qué te parece?.

-Creo que está en alguna parte, más allá del mar.

-Sí, eso creo yo también.

Tiempo soleado y sensación térmica agradable
12:21 PM

-Uuuuahhh.

Lorenzo abría los ojos con un enorme bostezo que parecía hecho a propósito para intentar absorber toda la luz solar que entraba por esa especie de ventana a su derecha. Miró de reojo el reloj despertador digital sobre la mesilla y se sintió bien al ver la hora. No recordaba cuándo había sido la última vez que durmió tanto y tan bien. Se sentía muy descansado.
Se incorporó despacio hasta sentarse sobre la cama, los pies en el suelo, donde reposaba una alfombra mullida sobre el parquet de madera. Su vista ya se había adaptado a la luz, así que miró fijamente a través de aquello que parecía una ventana y sólo acertó a ver apenas dos o tres nubes blancas proyectadas sobre un cielo azul intenso. Eran como dibujos, como pinceladas de bordes difusos. Se levantó, abrió la ventana y comprobó con agrado que la temperatura exterior no difería ni un ápice de la interior, completamente confortable.

La habitación tenía las paredes de un color crema muy claro, y dentro había una cama individual con el cabecero de madera, dos mesillas a los lados, la ventana en el lado izquierdo (mirando desde la entrada), unas cortinas de color granate con visillos blancos y un mueble con cajones y un gran espejo justo en el lado opuesto a la cama. También había un pequeño escritorio, una silla y del techo colgaba una lámpara amarilla con una bombilla de color blanco fluorescente.

Lorenzo sentía un bienestar como hacía tiempo no recordaba sentir. Se quedó de pie, absorto en la visión del paisaje tras el cristal, y repentinamente giró la cabeza, fijándose en una de las mesillas. Su mirada se apoyó suavemente sobre un pequeño objeto de plástico y metal, con forma de pentágono. Lo miró fijamente.

-Creo que ha llegado el momento - dijo para sí mismo.

Bajó las escaleras en pijama y zapatillas, con un paso lento pero impaciente, hasta llegar a la cocina. Alba estaba sentada en una de las sillas plegables, con las piernas encogidas y los pies apoyados sobre la propia silla. Sostenía una taza de café en la mano izquierda, y sus ojos verdes se veían más claros de lo normal, por efecto de la luz del sol que le rozaba la cara. Su mirada dejó de enfocar a infinito cuando Lorenzo entró por la puerta.

-Buenos días, Alba.

-¡Buenos días!. ¿Qué tal has dormido?.

-Muy bien.

Lorenzo meditaba sobre como volcar en el aire las ideas que revoloteaban por su cabeza mientras se servía un café. Cuando se dio cuenta de que Alba lo miraba fijamente, se dio la vuelta y decidió que ese era el momento de empezar a hablar.

-Creo que me voy a ir. Creo que este es el momento de empezar los viajes, quiero hacer el primero ya. No quiero esperar. Quiero volar lejos.

Alba frunció el ceño, aunque sin demasiado esfuerzo. En realidad se lo esperaba, y nada de lo que estaba oyendo le sorprendía en absoluto. Sabía que ese momento llegaría, tarde o temprano, y parece que ya estaba aquí.

-Si es lo que quieres, si te hace ilusión, y puedes hacerlo...está bien, entiendo que lo hagas. ¿Marcarás los enchufes que vayas utilizando de alguna forma?.

-Sí. Me llevaré el adaptador, y con un rotulador pequeño haré una señal en cada enchufe diferente que utilice, hasta haberlos probado todos. Los cinco enchufes. Los cinco continentes. Lo haré, sé que lo haré.

(Continuará)

sábado, 7 de abril de 2007

Lluvia oxidada sobre Bering IV: Ans


Ans es un lugar frío. Está relativamente cerca del río y rodeado por bosques, lo que hace que en invierno la temperatura y la humedad conformen un microclima incómodo y en verano el lugar sea, sin embargo, bastante agradable.

La casa de Marius es blanca. Está a las afueras del pueblo, y tiene un jardín, un jardín verde cubierto de césped y salpicado por los colores de las flores como el cuadro de un pintor que, pincel en mano, ha tenido un ataque de rabia frente a su último lienzo. Además, tiene una valla blanca de madera que Marius construyó él mismo. La casa, el jardín, la valla, son tres elementos que ocupan cada uno su lugar en un conjunto estéticamente idílico. A menudo, sin embargo, las fachadas idílicas esconden tras de sí dramas vitales encadenados y grises, al igual que una agradable interfaz gráfica puede esconder detrás un software imperfecto y defectuoso.

Casi todas las mañanas se encuadran dentro de una de dos subclases posibles, según si se trata de un día laborable o festivo, pero aquella mañana no era una cualquiera. Aquella mañana era especial, estaba impregnada de inquietud y angustia que avanzaban reptando por el aire. Marius se acababa de levantar y estaba preparándose una taza de café y unos panecillos con mermelada para desayunar. De repente, el teléfono sonó rasgando estruendosamente el tejido de la tranquilidad. Marius, extrañamente inquieto sin estar muy seguro de por qué, se levantó y descolgó el auricular.

-¿Dígame?

-Sí, soy yo.

-Sí…Priscilla Svensson…

-¿A la comisaría?. Claro…pero, ¿qué le ha pasado?.

-Vale, de acuerdo…estaré allí enseguida.

El tiempo que tardó Marius en salir por la puerta no fue muy superior al que tardó la taza de café en estrellarse contra el suelo.

Seis horas más tarde, en una cafetería de Blankenberge, un sollozante Marius trataba de hallar algún tipo de consuelo frente a una taza de té y su amigo Ives. Su realidad se acababa de teñir de gris oscuro, el color de la inquietud que se había expandido por las tres dimensiones de su espacio como el universo justo después de estallar.

En cualquier caso, Marius ya arrastraba de por sí un nutrido saco de preocupaciones que permanecían en su sitio sin hacer demasiado ruido, como una pequeña piedrecita en una zapatilla de deporte. Llevaba mucho tiempo cargando su saco, tanto tiempo que a menudo olvidaba desde cuándo lo llevaba y creía haberlo llevado siempre. Era su saco, el que llevaba a todas partes, y la idea de deshacerse de él se había ido diluyendo en los momentos, que transcurrían irregulares ante sus ojos como un sigiloso desfile.
Precisamente la costumbre había hecho habitual el peso de la carga, y aquella tarde, con la súbita llegada de aquel acontecimiento, ya era como si tal carga no existiera en absoluto. Su corazón estaba tan anegado por la marea de aquel suceso repentino que no podía sentir nada más.

-Tranquilo, Marius…no desesperes, no ha podido ir muy lejos. – Ives miraba a su amigo con notoria preocupación.

La voz de Ives era como el rumor amortiguado de las olas de una playa irreal escuchado desde una habitación con las ventanas cerradas. La marea dentro de Marius no retrocedió ni un centímetro escuchando esas palabras.

-¿Sabes qué es lo que más me preocupa, Ives?. Que no ha podido ser por voluntad propia. Ella no haría una cosa así.

Mientras tanto, la comisaría central de policía de Blankenberge comenzaba a distribuir la imagen de la señorita Svensson entre el resto de comisarías del país. Pris se encontraba oficialmente desaparecida.


(Continuará)

domingo, 18 de febrero de 2007

Lluvia oxidada sobre Bering III: Leuven


Es fácil llegar a Leuven. Desde Luik sólo se tardan unos 40 minutos. Leuven está en la línea que va hasta Zaventem y Zaventem Luchthaven, y esa línea transporta una gran cantidad de viajeros que se suben sobre todo en la Centraalstation y la Noordstation de la capital. Además, desde Leuven se puede coger uno de los trenes que llevan a Antwerpen, y en Antwerpen subirse a los barcos que en verano navegan el río Escalda. Leuven es un lugar muy bien comunicado.

Además, es una ciudad viva, activa, bulliciosa en horas punta. La Universidad se puede ver desde la estación, así que por las mañanas la tranquilidad de los andenes se convierte en una muchedumbre de jóvenes estudiantes que se agolpan ante las puertas y por el camino que lleva hasta el campus. Los alrededores de la estación son unos inmensos jardines, con cientos de flores que brotan en patrones geométricos perfectamente calculados sobre un suelo de césped.

El cielo de Leuven tiene casi siempre el mismo tono de gris que el fondo de los ojos de aquellos que arrastran cargas interiores que se resisten a revelar. La lluvia es frecuente y personalizada, mientras que a unos les besa suavemente a otros les golpea con fruición, oxidada, lacerante, corrosiva, mordaz. Las nubes danzan entrelazadas, como agarradas de la mano en una ensayada coreografía con el fondo de un vals tocado en pizzicato. Y todo es partícipe de ese vals: los coches que pasan, las personas que deambulan, los que gritan bajo la lluvia con la tranquilidad de que nadie les oirá y los que ríen bajo el cielo nublado como si se tratara de un sol radiante, que en realidad llevan dentro.
La sensación de normalidad que a menudo impregna el aire de ciudades, casas, habitaciones y camas, con frecuencia enmascara cual velo opaco las mayores tragedias, que se ejecutan como procesos interdependientes en cada cama, habitación, casa y ciudad. Las tragedias, al igual que las mayores alegrías, tienen la propiedad de establecer conexiones multipunto con otras tragedias, que se suman y se suceden en un largo proceso de Poisson que a menudo sólo se rompe con un violento cambio.

Leuven, con su aire impregnado de normalidad, rasga el cielo cada noche con los pináculos de su catedral, y es testigo de excepción de las grandezas y las miserias de sus habitantes, que surcan el aire de su vida en canoas de papel fotográfico para inyección de tinta: brillante por fuera, mate por dentro.

(Continuará)

miércoles, 31 de enero de 2007

Lluvia oxidada sobre Bering II: Oostende


Los días libres que tenía le iban a venir muy bien. Podría descansar, relajarse, olvidarse un poco de todo. Y viajar, sobre todo viajar. Llevaba bastante tiempo sin pasar un día en Oostende, de modo que se subió en el segundo tren de la mañana. Desde Waremme el viaje duraba unas tres horas, así que tendría tiempo de sobra para planificar qué hacer al llegar allí.

El paisaje entre Waremme y Oostende era gradualmente cambiante. A medida que uno se iba acercando a la costa e iba subiendo la humedad, cambiaba la vegetación, el ambiente, cambiaba todo. Desde las enormes llanuras salpicadas de bosques que rodean a Ans, Waremme y Luik al penetrante olor a mar, a mar y brisa, a brisa y paz, que desprendía toda la costa. Pris llevaba unos vaqueros casi nuevos y una camiseta que Lorentz le había regalado hacía apenas 15 días. Y todo lo necesario para darse un baño.

Al llegar a Oostende se dirigió a la parada del autobús que llevaba directamente a la playa. Y debía ser hora punta, porque la enorme cola en la parada hizo que tuviera que esperar el paso de tres vehículos para poder subirse en uno. Pris odiaba las esperas. Las esperas, las colas, las aglomeraciones. Se desesperaba, se irritaba. Y, por si eso era poco, comenzó a llover. En cuestión de minutos el brillante cielo azul se encapotó en gris cerrado, descargando el agua con una especie de furia contenida.
Pero Pris, siempre afortunada, vio desaparecer cada una de las nubes que se cernían sobre su maravilloso día en cuanto llegó a la playa. El sol volvió a lucir, el agua estaba templada, todo era perfecto. Ya no recordaba cuánto tiempo hacía desde la última vez que se sintió tan feliz. Ya tumbada en la arena, concluido el baño, vio en un periódico tirado en el suelo un titular que la llamó la atención:

"LOS CAZADORES DE LIBÉLULAS EXIGEN UNA RENOVACIÓN DE LA POBLACIÓN"

Era verdad. La población de libélulas en vuelo había descendido notablemente en los últimos años. Tanto, que incluso había cazadores que aún no habían conseguido coger una. Cualquiera diría que todas ya estaban cazadas, porque, fuera cual fuera la causa, lo cierto es que era raro verlas volando libremente como antes. Pris comprendía a los cazadores, sabía que tenían razón y que las libélulas, que siempre habían sido esquivas, ahora eran difíciles de encontrar.

Esta noticia le causó un cierto malestar, y, como todo lo bueno y lo malo rara vez viene solo, comenzó a llover de nuevo. Si cabe, con más fiereza que antes. Pris recogió corriendo sus cosas, se dirigió a las duchas públicas y se volvió a vestir enseguida. Al salir de la playa, se topó en plena calle con la desagradable visión de una pareja joven con los ojos inundados de lágrimas. Despidiéndose. Quizá rompiendo, quizá atormentados por interminables capas superpuestas de problemas que jamás habían previsto. Veían desvanecerse el enlace multivínculo que creían eterno, veían a la sombra de su propia existencia alejarse en una pequeña barquita de madera que se pierde en la laguna de la soledad.

Pris, hipersensible, súbitamente perturbada por aquella visión, corrió hasta la estación del tren. Corrió más de lo que pudo y se subió -con sus vaqueros raídos empapados en agua de lluvia- en el primero que salió de vuelta a Waremme.

(Continuará)

lunes, 22 de enero de 2007

Lluvia oxidada sobre Bering I: Waremme


Pris recorría el camino entre Ans y Waremme en tren, cada día. No era mucha distancia, pero andar por esos bosques al atardecer no le agradaba mucho. Bueno, en verano sí. En verano el bosque era agradable. Por la tarde el sol calentaba un poco y se oían algunos pájaros. Pero en otoño el camino se hacía tortuoso, plomizo, lastimero.

Lo bueno de Waremme era que, siendo un pequeño pueblo, encontraba en él cuanto necesitaba sin tener que viajar más lejos. Si se trataba de ir más lejos, le encantaba Oostende, pero era demasiada distancia para hacerla con frecuencia. Lo malo de Ans (que también tenía sus cosas buenas) era que estaba completamente muerto, el silencio era gris y apenas se veían personas por sus escasas calles. Lo más llamativo de Ans, ni bueno ni malo, era Marius.

Marius era un chico de aspecto pálido, muy serio, y al mismo tiempo muy bromista. Con aspecto de estar siempre preocupado, o al menos pensativo, Marius soñaba cada tarde con aviones que le llevaran lejos de allí. También solía atreverse a soñar que Pris estaba en esos aviones.
Pris, en cambio, viajaba en otra aeronave, pájaro de metal inalcanzable que jamás pisaba el suelo y que contaba con un único pasajero que respondía por Lorentz. Y Pris volaba, ya lo creo que volaba, sobrevolaba los lagos de fuego en los que está contenida la ausencia hasta llegar a Leuven. En Leuven, Lorentz; en Lorentz, campos de trigo verde, vuelos infinitos sobre el cielo a los que Pris se entregaba.

En un alarde de trágica ironía, Marius solía recibir la visita de Pris a su retorno de Leuven. Marius era agradable y, sobre todo, consciente, de modo que ejecutaba unas funciones que, por supuesto, Lorentz también podría hacer, pero para Pris era especialmente satisfactorio disponer de alguien dispuesto a servir de apoyo incondicional en cualquier momento. Marius callaba, a sabiendas de que liberar la presión contenida no sólo sería inútil sino también contraproducente. Hasta que una tarde, el denso peso del cielo de Septiembre cayó sobre él, aplastándolo y obligándolo a la confesión, que restalló en el aire como un trueno de cristal:

"Pris, yo te quiero. Y te buscaré, siempre te buscaré. Aunque sé que aún me quedan muchos aeropuertos, yo llegaré hasta tí".

(Continuará)